mi?rcoles, 18 de julio de 2012

Manipulados un ganster económico revela porque la economía mundial se ha venido abajo.



Reseña:

El fiasco de las hipotecas de alto riesgo, la quiebra de la industria bancaria, el creciente

desempleo… Son síntomas del agotamiento del capitalismo en su forma más virulenta,

basado en la privatización de los recursos, en un poder ilimitado por parte de las grandes

corporaciones, en el fomento de una deuda tan extrema que nos convierte en esclavos de

hecho.

John Perkins, que se llama a sí mismo “ex gángster económico” y que durante años

trabajó para una consultoría internacional fomentando el endeudamiento de los países

más pobres, conoce de primera mano las consecuencias de las políticas económicas

depredadoras: deudas insostenibles, hambre, degradación ambiental, condiciones de

trabajo infrahumanas… Con nombres propios y datos concretos, nos interna en los más

oscuros recovecos de un sistema que practica la injusticia global. Pero también aporta

una nueva visión proponiendo estrategias para que cada uno de nosotros contribuya a

crear una economía más justa, cuyos beneficios ayuden a crear un mundo sostenible,

igualitario y en paz.

Nos toca a nosotros decidir. ¿Queremos vivir en un mundo gobernado por unos cuantos

millonarios que agotan los recursos del planeta para satisfacer sus apetitos insaciables?

¿Vamos a soportar más deudas, privatización y mercados al servicio de ladrones de

guante blanco que actúan al margen de cualquier regulación? ¿Criaremos a nuestros

hijos en un mundo donde menos del 5 por ciento de la población consume más del 25

por ciento de los recursos? ¿O vamos a exigir una economía social y

medioambientalmente sostenible, basada el tipo de organizaciones que participa en los

mercados verdes o que se compromete con el comercio justo? ¿Un mundo que

promueva energías limpias y economías locales? La respuesta no la tiene Barak Obama.

Ni ningún otro político. Nosotros tenemos la última palabra.

Introducción

Yo fui un gánster económico (GE) y formé parte de ese cuerpo

de élite de modernos «pistoleros» que protegen los intereses

de las grandes multinacionales y de ciertos sectores del Gobierno

estadounidense. Tenía un cargo con un nombre rimbombante

—economista jefe— y disponía de una plantilla de economistas,

asesores de gestión y analistas financieros de primera fila que realizaban

unos informes impresionantes y que parecían legítimos, aunque

mi auténtico trabajo consistía en engañar al Tercer Mundo y

saquearlo.

Los GE trabajan de muchas maneras, pero nuestra tarea más

común era identificar países que tenían recursos codiciados por

nuestras empresas. Luego, seducíamos, sobornábamos y extorsionábamos

a sus dirigentes para que explotasen a su propia

gente, aceptando préstamos que esos países nunca podrían devolver,

privatizando sus activos nacionales, haciendo legal la

destrucción de frágiles ecosistemas, y por último vendiendo a

precios de saldo a nuestras empresas esos ansiados recursos.

Cuando los dirigentes se resisten, son derrocados o asesinados

por chacales de la CIA.

Tuvimos tanto éxito en el Tercer Mundo que nuestros jefes

nos mandaron aplicar las mismas estrategias en Estados Unidos y

el resto del planeta. El resultado es una forma insostenible de capitalismo

que ha desatado la actual crisis económica. Pese a recu manipulados

peraciones temporales, la crisis es la vanguardia de un tsunami

global.

Anoté estas palabras mientras mi avión de la Icelandair 757 aterrizaba

muy de mañana en Reikiavik el 5 de marzo de 2009, después

de un agotador vuelo nocturno desde Florida. Escudriñando

en la oscuridad de la noche, tuve la repentina sensación de que

había regresado al siglo xix y llegaba en diligencia a una ciudad

en auge del Viejo Oeste, tal vez Tombstone, en Arizona, o Deadwood,

en Dakota del Sur. Y que el hundimiento de esta ciudad,

poco antes en auge, era simplemente un síntoma más de que el

tsunami estaba desarrollando energía.

La economía de Islandia, considerada hasta hace poco una pariente

pobre, subdesarrollada y lejana, había explosionado repentinamente,

colocándose en el puesto del tercer país más rico (per cápita)

del mundo según la lista del Banco Mundial de 2007. Reikiavik

se había convertido en una ciudad en auge en la que la gente amasaba

fortunas de la noche a la mañana. Celebridades, jugadores, estafadores

y gánsteres económicos llegaban en tropel. Morgan Stanley,

Goldman Sachs y la mayoría del resto de firmas importantes

de Wall Street enviaban ejércitos encorbatados. Hombres y mujeres

que desempeñaban mi antigua profesión convencían a la gente

para que se hipotecara hasta el cuello aplicando un modelo similar al

utilizado en Indonesia, Nigeria, Colombia, y todos aquellos países

cuyo petróleo y otros preciosos recursos naturales los impelían hacia

un materialismo instantáneo. Las personas se dedicaban a derrochar

dinero de una forma digna de Hollywood. Compraban mansiones

en Miami, apartamentos en Beverly Hills, grandes almacenes británicos,

líneas aéreas danesas, Bentleys y Rolls-Royces, centrales eléctricas

noruegas e incluso un equipo de fútbol inglés. En 2007, los

ciudadanos de Islandia poseían aproximadamente cincuenta veces

más activos extranjeros que en 2002. El mercado bursátil de Islan-

Introducción

dia se multiplicó por nueve entre 2003 y 2007 (mientras que el

mercado estadounidense apenas se duplicóGuiño. Los precios de la propiedad

inmobiliaria de Reikiavik se triplicaron. La riqueza media de

las familias se triplicó en un periodo de tres años.1

La materia prima causante del auge de Islandia —su oro— era

la energía hidroeléctrica y geotérmica. Los glaciares, ríos, volcanes

y aguas termales subterráneas parecían ofrecer ilimitadas cantidades

de energía. Como este recurso no puede ser envasado o metido en

barriles, tenía que ser explotado in situ. Los principales consumidores

de energía, las empresas de aluminio, vinieron a Islandia a finales

de la década de 1960. Durante las siguientes cuatro décadas, a

medida que la demanda mundial de aluminio se disparaba, convencieron

a los dirigentes de Islandia para que construyeran centrales

eléctricas y así dar energía a las fundiciones extranjeras. Alcoa hizo

una oferta que situaría a Islandia en primera fila: un contrato para

construir un gigantesco complejo para la fabricación de aluminio

en el remoto norte. Todo lo que tenía que hacer Islandia era embarcarse

en un préstamo muy grande —garantizado por los ingresos

previstos de la venta de kilovatios-hora— y contratar empresas

extranjeras para que construyeran una presa y una central eléctrica

capaz de generar más de 600 megavatios con los que activar este

horno (piénsese que, en comparación, toda la población de Islandia

consumía 300 megavatios).

Evidentemente, no iba a resultar tan sencillo. Los científicos

descubrieron que el emplazamiento de la presa cabalgaba sobre

una falla sísmica y que la zona que se iba a inundar —aproximadamente

del tamaño de Manhattan (en un país ligeramente más pequeño

que el estado de Kentucky)— contenía ecosistemas poco

comunes. La gente miraba para otro lado cuando su Gobierno pasaba

por alto leyes medioambientales y emitía permisos de obra en

«condiciones especiales». En junio de 2007, Alcoa inauguró su fábrica

de aluminio, construida por la Bechtel Corporation de Estados

Unidos. La nueva fábrica fue programada para que comenzara 

a producir 346.000 toneladas métricas de aluminio al año, lo cual

era diez veces la capacidad de la primera planta del país.

La gente lo celebró... bueno, sólo hasta enterarse de que su

compañía eléctrica perdía decenas de miles de dólares cada hora

que Alcoa ponía sus equipos en funcionamiento.

El 6 de octubre de 2008 sucedió lo inesperado. Los bancos islandeses,

que habían aumentado varias veces el tamaño de la economía

nacional, quebraron. Las pérdidas ascendían a 100.000 millones

de dólares, y seguían creciendo. La deuda del país había

aumentado hasta el 850 por cien de su producto interior bruto

(PIB). Islandia se había ido al garete.2

Mientras mi avión avanzaba por la pista, me pregunté si Reikiavik

tendría el aspecto de Tombstone y Deadwood después de

que pasara la fiebre del oro, y si dentro de poco estaría paseando

por las calles de una ciudad fantasma, ocupada únicamente por

ladrones, pordioseros, pistoleros trasnochados y tal vez uno o dos

GE borrachos.

No me cabía duda de que Islandia era la precursora. Una de

las razones por las que había realizado ese viaje era porque quería

comprender los pormenores relativos al primer «impacto» en un

país desarrollado. Si el resto de nosotros no aprendía de la tragedia

de este país, probablemente todos sufriríamos consecuencias

similares.

Islandia, junto con Estados Unidos y gran parte del mundo,

había soportado un tipo específico de capitalismo, una desviación

que mis profesores de la facultad de Económicas habían previsto y

contra la cual habían clamado a finales de la década de 1960. Sus

defensores inculcaron una serie de valores en líderes políticos y empresariales,

desde Wall Street hasta Shanghai, que ahora nos estaban

conduciendo a todos hacia desastres similares a los sufridos por

el Tercer Mundo desde comienzos de la década de 1970, la época

Introducción

en que yo me incorporé a las filas de los GE. Ahora le había tocado

a Islandia. La filosofía que rige este tipo particular de capitalismo es

una absoluta creencia en la privatización de recursos, la concesión

de poderes sin trabas a los ejecutivos de las empresas, y el fomento

de una deuda tan extrema que tiene como resultado las modernas

formas de esclavitud, tanto para los países como para los individuos.

Esta filosofía se basa en el supuesto de que los consejeros

delegados que dirigen nuestras empresas más poderosas constituyen

una clase especial de realeza y que, a diferencia de la gente

normal, no necesita gobernarse por reglamentos, todo lo cual ha

alterado totalmente la geopolítica. Ahora acabamos de entrar en

una época no diferente de aquella en la que las ciudades-estado

fueron sustituidas por naciones, excepto en que hoy en día las naciones

han sido usurpadas por empresas gigantescas.

El problema, como sabían mis profesores de economía, no

era el capitalismo. El problema era el abuso del capitalismo y el

hecho de que tanta gente estuviera infectada por el virus mutante.

El avión dio unas sacudidas y se detuvo, mientras me preguntaba

acerca de nuestras posibilidades de controlar el virus antes de que

se convirtiera en una epidemia.

Salí del avión y, una vez pasada la aduana, fui recibido por un

hombre joven, con aspecto de luchador, que se presentó como

mi chofer. Me condujo al exterior. La tenue luz del alba asomaba

difusa a través de una fría llovizna que parecía iba a convertirse en

nieve de un momento a otro. Mientras trepaba a su todoterreno,

tuve la sensación de que me estaba subiendo a una diligencia con

rumbo a Deadwood.

«Ojalá hubiera comprado un coche más pequeño —dijo

como pidiendo disculpas, interpretando aparentemente mi confusión

momentánea como una expresión de condena—. Pero eso

fue hace más de un año. ¿Quién se lo iba a imaginar?»

Poco después de abandonar el aeropuerto, me mostró a través

de la oscura llovizna un complejo de edificios, y me explicó

que había sido una base militar norteamericana con más de 1.200

militares, hasta que el Pentágono la desalojó en 2006.

Pregunté si ahora estaba abandonada.

—Casi —replicó—. Una de nuestras universidades la ocupó.

Los estudiantes sustituyeron a los soldados. —Chasqueó la lengua—.

Su Gobierno enterró una fortuna en esas instalaciones antes

de marcharse.

—¿Por qué? —Me miró, con el tipo de mirada que un profesor

echa a un alumno que tendría que saberlo—. Oí decir que los

contratistas se forraron.

La lluvia salpicaba el limpiaparabrisas. A través de la ventanilla

podía ver un paisaje árido. Por toda la abrupta superficie aparecían

rocas escarpadas como si algún dios furioso les hubiera

dado un puñetazo que las hubiera hecho caer al azar.

—Corriente de lava volcánica —dijo mi chofer. Luego, apuntando

hacia un campo nevado que desaparecía en una nube, añadió—:

Allí está la montaña que provocó todo esto.

Mencioné que, según tenía entendido, la NASA había entrenado

aquí a los astronautas del Apolo antes de enviarlos a la Luna.

—Sí. Es verdad —respondió—. Pero al final los trolls los

ahuyentaron.

—¿Los trolls?

—Criaturas mitológicas nórdicas, una especie de mezcla de

elfos y gigantes. Unos monstruitos malvados. —Hizo una pausa y

luego me lanzó una sonrisa de gato de Cheshire—. Antes de

construir su nuevo horno, Alcoa contrató a un exorcista para certificar

que no se había obligado a los trolls a abandonar su territorio.

Se rumoreó que el experto era un charlatán y que los problemas

económicos de Islandia son producto de la venganza de los

trolls. —Hizo un gesto en dirección a la ventanilla—. ¿Ve eso?

A través del cristal distinguí varias figuras de piedra construidas

de lava volcánica.

—¿Esas estatuas raras?

Introducción

—Sí. La luz del sol convierte a los trolls en piedra. A veces se

ven sorprendidos al aire libre cuando amanece. —Soltó una risita—.

Pero no sucede a menudo. No tenemos mucho sol aquí.

—Economía de trolls —dije sin pensar.

Me lanzó una mirada burlona.

—No era más que una idea —dije. Me encogí de hombros—.

Al fin y al cabo, soy economista.

—Entiendo.

Aunque no pude interpretar su expresión, supuse que al saber

que era economista se estaba preguntando qué estaba pensando

llevarme de su país. Aquellas tres palabras, «economía de trolls», se

me quedaron grabadas. Continuaba escuchándolas mientras seguíamos

avanzando hacia Reikiavik. Si los trolls estaban implicados

en este clásico «golpe», habían asumido forma humana y se habían

infiltrado ocupando puestos dentro de Alcoa, el Gobierno y los

bancos. Me vino a la mente una imagen de un hombre calvo con

una sonrisa pícara y gafas de libélula. Era una foto que había visto

recientemente de Milton Friedman, el Premio Nobel de la Chicago

School of Economics. Fue él, más que ningún otro, quien convenció

a Islandia, y prácticamente a todos los demás países, de que no

aplicaran las políticas que nos sacaron de la Gran Depresión; ejerció

su magia para fomentar esa forma depredadora de capitalismo que

había acabado con Islandia.

—¡Ahí está! —exclamó mi chofer indicando los edificios apenas

visibles a través de la lluvia—. La raíz de todos nuestros problemas,

la primera de nuestras plantas de aluminio, propiedad

ahora de Río Tinto Alcan.

Eché un vistazo a través de los limpiaparabrisas. Un par de enormes

torres cilíndricas asomaban entre la niebla. Colocadas sobre un

muelle que se adentraba en el océano, me recordaban las torretas de

un castillo de una película antigua sobre batallas medievales. Junto a

ellas, un edificio más bajo parecía perderse tierra adentro.

—Ese otro —dijo mi chofer, indicando el edificio que podría

haber albergado al tren de mercancías más largo del mundo—

tiene una milla [1.600 m] de longitud. Hay tres como él. Los

otros dos están ocultos bajo el que se ve.

Ninguno de los dos dijo nada mientras nos acercábamos y

dejábamos atrás la planta de aluminio. No se veía un alma. Nada

se movía. El lugar podría haber estado abandonado, pero mi chofer

me aseguró que no lo estaba.

—Funciona día y noche —afirmó.

Al igual que otros centros industriales que he visitado —minas

de carbón, fábricas de papel y pasta de papel, refinerías de

petróleo y centrales eléctricas nucleares—, su enorme volumen

me pareció abrumador. Era imposible situarlo en ningún tipo de

contexto. Y, sin embargo, yo sabía que la capacidad de producción

de esta planta, a pesar de los incrementos desde su construcción,

era mucho menor que la del nuevo horno Alcoa. Me volví

hacia atrás mientras la contemplaba desaparecer en la lluvia.

—Ahí tiene su ciudad fantasma —dijo el chofer, interrumpiendo

mis meditaciones. A nuestra derecha se levantaba una fila

tras otra de peculiares casas de estilo suburbano—. Todas vacías.

—Meneó tristemente la cabeza y volvió a hacer un extraño chasquido

con la lengua—. Una gran oportunidad, dicen, si está buscando

casa en Islandia.

Las examiné a medida que pasábamos por delante. No era lo

que yo esperaba: nada de calles barridas por el viento, zarzas rodantes,

salones cerrados o puertas golpeando en la oscuridad.

Cuarenta y cinco minutos después de dejar el aeropuerto llegamos

a Reikiavik.

—Le voy a llevar por una especie de desvío —anunció mi chofer—.

La avenida de los sueños truncados. —Giró por una calle en

la que se alzaban unos magníficos y modernos edificios unos detrás

de otros—. La mayoría de ellos eran bancos o instituciones financieras

de algún tipo —dijo—. Ahora todos están vacíos.

Al principio pensé que estaba bromeando. Parecía imposible

Introducción

que todos estos asombrosos ejemplos de arquitectura contemporánea

pudieran estar desocupados. Aminoró la velocidad del coche.

Pegué la cara contra el cristal y observé que muchas de las

ventanas todavía tenían pequeñas etiquetas pegadas en las esquinas.

Era asombroso. Redujo aún más la velocidad y entonces pude

ver que dentro no había nada. Ni mesas ni sillas. Ni siquiera cortinas.

Nada más que enormes cuevas vacías.

—Otra ciudad fantasma —dijo.

—Increíble.

—Dé las gracias por estar sólo de paso. —Me lanzó una mirada—.

Yo vivo aquí.

—Me parece que todos vivimos aquí.

Este libro trata sobre ese «aquí», sobre la situación en la que nos

encontramos ahora, sobre cómo hemos llegado a este espantoso

lugar y hacia dónde deberíamos dirigirnos.

Wall Street tal vez no se parece todavía a la Avenida de los

Sueños Truncados de Reikiavik. Lo mismo que esa avenida no se

parecía a las calles barridas por plantas rodadoras de una abandonada

Tombstone. Sin embargo, en los últimos dos años, en Estados

Unidos hemos visto las señales. Hemos sido bombardeados

por imágenes que son chocantes y extremas: gráficos de índices

de desempleo en alza y un Dow Jones que cae en picado; campamentos

de hombres y mujeres sin hogar en las afueras de Sacramento,

California y Portland (Oregón); presidentes de empresas

automovilísticas que vuelan a Washington, D.C. en aviones privados

para pedir al Congreso enormes rescates financieros; la desacreditada

aseguradora AIG [American International Group]

anunciando que pagaría 450 millones de dólares en primas a los

ejecutivos que la habían llevado a la quiebra, y el ex presidente del

Nasdaq, Bernard Madoff, declarándose culpable de estafar miles

de millones de dólares a los inversores…

Y las imágenes siguen y siguen. Nos deprimen. Puede que hayan

sido una sorpresa para muchos. Pero el hecho es que deberíamos

haberlo visto venir. Mis profesores, a finales de la década de

1960, lo hicieron. Y muchos estudiantes contemporáneos también.

«Hubo muchas advertencias —me dijo Martha, estudiante

de primer curso en la Universidad de Stanford—. Un déficit presupuestario

en Estados Unidos de más de un billón de dólares. La

burbuja hipotecaria: préstamos masivos concedidos a personas

que no podían permitírselos. Una guerra extremadamente cara, la

externalización de puestos de trabajo, la abolición de las leyes

bancarias… ¿Cómo no íbamos a saberlo?

Sin embargo, nos seguimos engañando a nosotros mismos.

Los periodos ocasionales de bonanza, cuando el mercado bursátil

parece revivir o bajan los precios de la gasolina, nos adormecen y

creemos que lo peor ya ha pasado. Somos como los perros de

Pavlov: suena la campana y secretamos saliva. Es una peligrosa

ilusión que nos impide hacer frente a los verdaderos problemas.

«La verdad [escribí en Confesiones de un gánster económico,

publicado en noviembre de 2004] es que estamos viviendo una

mentira… Hemos creado una capa que oculta los cánceres fatales

que están bajo la superficie.»

Lamentablemente, son muchas las personas que no han querido

mirar lo que se oculta bajo las apariencias. Nuestros dirigentes

políticos y económicos nos han animado a «aguantar hasta el

final». Con demasiada frecuencia hemos recurrido a viejos tópicos.

Hemos aceptado el cáncer, el depredador virus mutante del

capitalismo, como si fuera la norma. Nos hemos convencido a

nosotros mismos de que podemos seguir consumiendo cantidades

desproporcionadas de los recursos mundiales y cargarlo a las

tarjetas de crédito sin ni siquiera pagar unos tipos de interés dignos

de usureros, o las consecuencias.

«¿Cómo se arma uno de valor [preguntaba en Confesiones...]

Introducción

para dar un paso al frente y desafiar conceptos que usted y sus

vecinos han aceptado siempre como si estuviera escrito en el evangelio,

aunque sospechen que el sistema está a punto de autodestruirse?

»

No hemos sido capaces de armarnos de valor. Hemos permitido

a nuestro Gobierno perseguir sombras de terroristas en Irak,

hurgar en nuestros bolsos y maletines en los aeropuertos en busca

de tubos de pasta de dientes explosivos, profanar nuestras leyes

más sagradas metiendo en la cárcel a personas sin derecho al hábeas

corpus, y nos hemos dejado convencer de que criticar a

nuestro presidente era una traición. Hemos aceptado la idea de

que los países cuyo PIB era una fracción de las pérdidas de AIG

eran miembros del «Eje del mal» al tiempo que hemos acabado

con leyes que nos habrían protegido de la rapacidad de los financieros.

Hemos apoyado operaciones para hacer batidas en la jungla

de Colombia en busca de terroristas, pero no nos hemos preocupado

de examinar los libros mayores de las empresas con poder

de destruir nuestra economía.

La elección del presidente Obama fue simbólica. Pasar de ser

republicanos conservadores a demócratas liberales en una noche

supuso un profundo cambio en las actitudes de los votantes estadounidenses.

El mensaje era que deseábamos el cambio. Los planes

de la administración Obama de refrenar la industria de las

tarjetas de crédito, imponer normas de consumo y emisiones,

crear una comisión de regulación financiera y aplicar otras iniciativas,

pueden volver a ponernos en el buen camino, si llegan a ser

aprobados por el Congreso. Sin embargo, la triste y no expresada

verdad es que el camino no nos llevará a un cambio real; no es

una salida a este cenagal. Sencillamente, nos conducirá por una

ruta más tortuosa hacia el desastre. Lo que debemos hacer es abrir

un nuevo camino.

Mi hija Jessica y mi yerno Dan me dieron un nieto el 25 de

septiembre de 2007. Un par de meses más tarde, durante el día

de Acción de Gracias, renové la promesa que hice unos años antes de

dedicar el resto de mi vida a ayudar a crear un mundo sostenible,

justo y pacífico. Mi nieto, Grant, me había transmitido una nueva

sensación de urgencia.

Sé algo que Grant no sabe: que su vida está amenazada por

las crisis generadas durante mi turno de guardia. No se trata de

prevención. Ni tampoco de regresar a la normalidad: un mundo

en el que la mayoría es explotada por una pequeña minoría. El

desafío que debemos acometer hoy es transformarnos nosotros

mismos y transformar nuestra economía.

Como GE, participé en muchos de los eventos que nos han

conducido a este territorio que conocemos como «normal».

Como escritor y conferenciante, he pasado los últimos cinco años

recorriendo Estados Unidos y otros países, hablando a líderes políticos

y empresariales, estudiantes, profesores, trabajadores y todo

tipo de gente.

Suelo marcharme con la positiva sensación de que estamos

preparados para el cambio que será nuestra salvación, y la del

mundo de Grant.

La primera parte de este libro ofrece una visión general de las

causas que han originado nuestros problemas. Entendiéndolas,

podemos evaluar las opciones de que disponemos. La segunda

parte está dedicada a analizar estas opciones; describe unas medidas

que podemos tomar —como individuos y como sociedad—

para poner en marcha un sistema que mi nieto y todos sus hermanos

en el planeta querrán heredar.

Se han escrito muchos libros sobre los pros y los contras del

plan económico del presidente Obama, los programas que existen

para reformar Wall Street, y otras políticas a corto plazo. Esos libros

tratan de apaños, es decir, soluciones rápidas de emergencia

para detener la hemorragia.

Este libro va más allá de los apaños. Identifica el virus que

nos ha infectado y prescribe una cura a largo plazo.

Primera parte

El problema

No ha ocurrido por casualidad

Los hechos

Cuando yo era un gánster económico (GE), analizaba las estadísticas

de muchos países del Tercer Mundo. Y, sin embargo, nunca

he visto una caída en picado tan rápida como la de mi propio país,

Estados Unidos, durante el último par de años. Todos conocemos

los pormenores de los hechos, pero algunos de los más importantes

se resumen más adelante, junto con mi observación

personal de que las cosas están peor de lo que nos dicen. (Si piensa

que ya conoce suficientemente los hechos, pase directamente a

la segunda parte de este capítulo, «El desafío».)

Las crisis más cercanas comenzaron con la economía de Estados

Unidos. Uno de los primeros signos se produjo en el mercado

de la vivienda, en el que los precios alcanzaron máximos históricos

en 2005 y luego comenzaron a desplomarse en 2006. Los

subsiguientes declives en otros sectores económicos exacerbaron

aún más la crisis de la vivienda. El sistema hizo implosión como

resultado de las enormes operaciones en el mercado de las hipotecas

«subprime» realizadas por Bear Stearns, Merrill Lynch, Lehman

Brothers, AIG y la comunidad financiera global. En 2008,

quebró Lehman Brothers, y Bear Stearns fue rescatada en el últi-

mo minuto cuando JPMorgan Chase compró la empresa a 2 dólares

la acción. AIG, Bank of America y Citigroup también se habrían

ido al traste si no hubiera sido por la extrema intervención

del Gobierno en forma de enormes rescates financieros. Al final,

las principales instituciones financieras estadounidenses y los mercados

que ellas dominan perdieron aproximadamente el equivalente

del producto interior bruto total de Estados Unidos, unos

14 billones de dólares.1

Un ex senador estadounidense y actual director gerente del

banco comercial Allen & Company, Bill Bradley, lo resumió así

en un simposio el 30 de abril de 2009: «El Gobierno nacional ha

firmado aproximadamente 12,7 billones de dólares en garantías y

compromisos con el sector financiero de Estados Unidos, y ya

hemos gastado un poco más de 4 billones de dólares en esta crisis…

Los contribuyentes estadounidenses han aportado unos

400.000 millones de dólares a Citicorp».

Paul Krugman, ganador del Premio Nobel de Economía en

2008, añadió: «Los hogares estadounidenses han visto decrecer

abruptamente su patrimonio neto en 13 billones de dólares, y se

pueden apreciar vendavales similares que se están produciendo en

todo el mundo».2

El cataclismo financiero mundial se extendió a toda la economía.

El 30 de diciembre de 2008, el Índice de Precios de la Vivienda

S&P/Case-Shiller se desplomó como no lo había hecho

nunca. La construcción de viviendas cayó en un 38 por ciento.

En los primeros meses de 2009, el producto interior bruto cayó a

un porcentaje medio anual de más del 6 por ciento. La producción

industrial se redujo en un 13 por ciento. La Oficina Nacional

de Estadísticas Laborales anunció que «en abril [2009], las

pérdidas de puestos de trabajo eran importantes y afectaban a casi

todas las principales industrias del sector privado. En conjunto, el

empleo del sector privado perdió 611.000 puestos de trabajo», y

el número de parados aumentó a 13,7 millones, casi el 9 por cien-

No ha ocurrido por casualidad

to de la población activa. La recesión entró oficialmente en su

decimosexto mes en mayo de 2009, a punto de convertirse en la

más larga desde la Gran Depresión.

Cada vez que se publicaba una nueva estadística, parecía

romper récords anteriores; el pronóstico era cada vez más deprimente.

Los inventarios empresariales se redujeron en 104.000

millones de dólares, el máximo desde que comenzó la compilación

de tales estadísticas en 1947. Las exportaciones se desplomaron

en un 30 por ciento, el mayor declive en 40 años. La inversión

empresarial se redujo casi un 40 por ciento, otro nuevo

récord. La construcción de viviendas se redujo en un 38 por ciento.

Las empresas redujeron el gasto total en un insólito porcentaje

del 38 por ciento. Se superó otro hito histórico cuando el 12

por ciento de la población se retrasó en el pago de sus hipotecas o

se les abrió un juicio hipotecario. General Motors, considerada el

faro de la salud económica, anunció primero que cerraría 13 plantas

de montaje en Estados Unidos y recortaría la producción en

190.000 vehículos; más tarde, el 1 de junio de 2009, se acogió al

capítulo 11 de la Ley de Quiebras, declarando que la reestructuración

tendría como resultado la pérdida de otros 21.000 puestos

de trabajo, el cierre de al menos 12 fábricas y de 2.600 concesionarios

de venta.3 Por último, sufrió la peor de las ignominias: fue

esencialmente nacionalizada por el Gobierno estadounidense.

La recesión había infectado a todo el planeta.

El informe 2009 de las Naciones Unidas Situación y perspectivas

de la economía mundial preveía un receso económico global

del 2,6 por ciento para ese año, una enorme diferencia con su

anterior previsión para 2009 del 0,5 por ciento en el peor de los

casos. El informe, publicado en enero, indicaba: «La crisis del

crédito mundial ha seguido afectando a la economía real en todo

el planeta». Prevé que el desempleo alcance una cifra de 50 millones

en los próximos dos años, «cifra que podría duplicarse fácilmente

en los próximos dos años si la situación continúa deterio-

rándose». Naciones Unidas también predijo que el volumen del

comercio mundial caería un 11 por ciento en 2009, el mayor descenso

anual desde la Gran Depresión.4

Sin embargo, por muy alarmantes que fueran las previsiones,

pintaban una imagen falsamente optimista; las estadísticas indicaban

con toda claridad que estábamos siendo manipulados y descaradamente

engañados por nuestros gobiernos y las instituciones financieras

mundiales. Estas personas estaban jugando al juego que

yo había aprendido como GE: hacer que el futuro parezca lo más

rosa posible. Hacer lo que sea para que la gente esté tranquila.

Mantener el statu quo. En las estadísticas que yo leía, los peores

escenarios eran burdamente subestimados. Por ejemplo, las noticias

procedentes de China indicaban que al menos 26 millones de

personas ya estaban en el paro en ese país.5 Si otros 13,7 millones

estaban sin trabajo en Estados Unidos, las cifras mundiales del paro

deberían haber sobrepasado ya la previsión de 50 millones de parados

de las Naciones Unidas en una cantidad importante. Otra confirmación

de esta estrategia se produjo a finales del primer trimestre

de 2009 cuando los analistas se esforzaban por convencernos de

que la economía se estaba recuperando. Sin embargo, las previsiones

de la Reserva Federal publicadas en mayo decían que la economía

caería un 2 por ciento en 2009, una importante corrección del

1,3 por ciento del declive previamente estimado. La Reserva Federal

[Estados Unidos] revisó sus primeras previsiones de desempleo

del 8,8 por ciento y las elevó al 9,6 por ciento.6 No es arriesgado

afirmar que estas previsiones revisadas también eran optimistas y

que las cifras reales serán bastante peores.

George Soros, presidente del Soros Fund Management LLC

y del Open Society Institute, y autor de The Crash of 2008 and

What It Means, hizo partícipe de sus consejos al presidente Barack

Obama durante el simposio del 3 de abril de 2008 indicado

anteriormente: «Tiene que reconstruir el sistema financiero ya

que no se puede restaurar tal como era».7

No ha ocurrido por casualidad

EL DESAFÍO

El desplome económico que estamos sufriendo actualmente no

ha ocurrido por casualidad, ni se va a arreglar pronto. Es el resultado

de políticas y actitudes que comenzaron antes de que yo me

convirtiera en un GE hace casi 40 años.

Desde la Segunda Guerra Mundial, nos hemos dedicado a

crear el primer imperio auténticamente mundial de la historia. En

lugar de gladiadores con trajes de camuflaje, enviamos artistas

con maletines y modelos informáticos. Aplicaron herramientas

económicas ultraexactas para estafar a los países del Tercer Mundo

dueños de minerales preciosos.

Por lo general, nuestras empresas identificaban un país que

poseía algo que ellas codiciaban —recursos considerados vitales o

porciones estratégicas de bienes inmuebles—. Luego llegaban los

GE para convencer a los dirigentes de ese país de que lo que necesitaban

eran préstamos ingentes del Banco Mundial y sus organizaciones

hermanas; sin embargo, el dinero, se informaba a los dirigentes,

no sería distribuido directamente a su país, sino que sería

entregado a las grandes empresas estadounidenses para que construyeran

proyectos de infraestructura, tales como centrales eléctricas,

puertos y parques industriales. «Todo eso les beneficiará a

ustedes —les decían a los dirigentes— y a sus amigos» —las pocas

familias poderosas locales que poseían negocios que prosperaban

con electricidad, exportación y artículos manufacturados—.»

Lo que no les decíamos era que los principales beneficiarios serían

nuestras propias compañías, las que construían los proyectos.

Al cabo de pocos años, los GE regresaban al país. «Vamos a

ver —decían, acariciándose la barbilla como artistas estudiando

un modelo—. Parece que están a punto de retrasarse en el pago

de esos enormes préstamos que aceptaron.» Cuando el modelo

comenzaba a temblar con agitación, les lanzaban una débil sonri-

sa. «No se preocupe. Podemos arreglarlo todo. Lo que tiene que

hacer es vender su petróleo [o cualquier otro recurso] barato a

nuestras empresas; anular las leyes laborales y medioambientales

que nos plantean problemas; aceptar no imponer nunca aranceles

a las mercancías de Estados Unidos; aceptar las barreras arancelarias

que queremos aplicar a sus productos; privatizar sus servicios

públicos, escuelas y otras instituciones públicas y venderlas a

nuestras empresas; tampoco estaría de más que enviaran tropas

para apoyar a las nuestras en lugares como Irak…»

Es un sistema que evolucionó a través del subterfugio y la

astucia económica de personas que se mueven entre las corporaciones

y el Gobierno de Estados Unidos (colectivamente, la corporatocracia).

Sus líderes están representados por personas como

Robert McNamara, que fue presidente de Ford Motor Company,

secretario de Defensa bajo los presidentes John F. Kennedy y

Lyndon B. Johnson, y por último presidente del Banco Mundial;

George Shultz, que fue catedrático de economía y decano de la

Graduate School of Business de la Universidad de Chicago, secretario

de Trabajo, director de la Oficina de Gestión y Presupuesto

y secretario de Hacienda bajo el presidente Richard Nixon, secretario

de Estado bajo el presidente Ronald Reagan, presidente del

Grupo Bechtel, asesor del presidente George W. Bush, y presidente

del Consejo Asesor Internacional del banco JPMorgan

Chase; y Richard (Dick) Cheney, que fue jefe de personal de la

Casa Blanca bajo el presidente Gerald Ford, líder de la oposición

en la Cámara de Representantes en 1989, secretario de Defensa

con el presidente George H. W. Bush, presidente y consejero delegado

de Halliburton Company, y vicepresidente bajo el presidente

George W. Bush.

Recorriendo hace poco una exposición de pintura en Ecuador,

descubrí un dibujo a pluma magníficamente ejecutado de un inconfundible

Dick Cheney. Tenía un pie firmemente plantado en la

Casa Blanca y el otro en la nueva sede de Halliburton en Dubai. En

una mano agitaba un puñado de contratos, y en la otra un AK-47,

y aparecía agachado sobre África y Oriente Próximo, con los pantalones

en los tobillos, atendiendo a la llamada de la naturaleza. Bajo

él, el título rezaba: «Así es como el mundo lo ve».

Al más alto nivel, no hay separación entre las personas que

dirigen nuestras grandes empresas y quienes se encargan de gobernarnos.

Pero las primeras líneas están ocupadas por GE como

lo era yo; y nosotros siempre hemos sabido que los auténticos

matones, los chacales, rondan en las sombras detrás de nosotros,

dispuestos a derrocar o asesinar a cualquier dirigente que no acepte

nuestras condiciones. En las pocas ocasiones en las que fallan

las operaciones encubiertas, como en Irak y Afganistán, los militares

pasan a la acción.

El modelo tuvo tanto éxito en el extranjero, que incluso lo

importamos a Estados Unidos. Muchas de las políticas y técnicas

que aplicábamos los GE a los dirigentes de Filipinas, Zaire (Congo)

y Ecuador, fueron introducidas en Nueva York, California y

Michigan. Entre las que tuvieron más éxito en Estados Unidos

fueron la anulación de las leyes que obligaban a las empresas a

cumplir estrictas normas medioambientales, sociales y de publicidad

que en otros tiempos protegían los derechos de la población;

la asunción de grandes cantidades de deuda personal, corporativa

y gubernamental; la privatización de servicios públicos y otras instituciones

«públicas»; un aumento de la vigilancia policial bajo el

disfraz de «seguridad de la patria»; y el uso de terrenos públicos

en beneficio de intereses corporativos.

He dicho «éxito», pero ello sólo es cierto en caso de que usted

forme parte de la corporatocracia, ese club de mandamases de

las empresas y las finanzas que cenan con senadores, miembros

del congreso, reguladores y presidentes. Para el resto de los mortales

ha sido un total fracaso. Las personas normales hemos visto

cómo nuestros privilegios iban mermando constantemente, desde

la atención sanitaria a las escuelas públicas; hemos contemplado

cómo desaparecían las tiendas familiares del barrio, víctimas de las

grandes cadenas; hemos sido testigos de la usurpación de los medios

de comunicación por un puñado de conglomerados gigantescos,

y ahora nos encontramos sufriendo una recesión económica

que nos habían dicho que nunca volvería a ocurrir.

Aunque fui un GE durante casi siete años, hasta 1978 no

comprendí las profundas implicaciones del sistema que yo estaba

perpetuando. Mi trabajo en aquella época consistía en convencer al

jefe del Gobierno de Panamá, Omar Torrijos, de que aceptara un

enorme préstamo del Banco Mundial. La quiebra de su país aseguraría

el control del canal por parte de Estados Unidos —a pesar de

los recientes tratados por los que había sido devuelto a Panamá—,

y garantizar que nuestras empresas conseguirían lucrativos contratos

de construcción. Se trataba de una clásica estafa gansteril para

corromper a un dirigente, hacerle rico y colocar a su país en una

posición en la que pudiéramos explotarlo sin piedad.

Pero Omar no estaba por la labor. «No necesito su maldito

dinero, Juanito», me dijo una tarde. Estábamos ambos en la cubierta

de un lujoso velero atracado en la isla de Contadora, un

puerto seguro donde políticos y ejecutivos de empresa estadounidenses

disfrutaban del sexo y las drogas, lejos de las entrometidas

miradas de la prensa internacional y de sus esposas. Omar se apoyó

sobre la brillante barandilla de caoba y me lanzó una de sus sonrisas

más encantadoras. «Tengo una casa bonita, la mejor comida, coches

rápidos, un amigo que me presta su velero…» Se irguió y extendió

los brazos para abarcar la cabina donde varios de sus consejeros

más cercanos bebían ron con media docena de mujeres jóvenes

en bikini. «Tengo prácticamente todo lo que un hombre puede

desear.» Luego frunció el ceño. «Excepto una cosa.» Lo que me

dijo a continuación fue que su objetivo era liberar a su gente de los

«grilletes yankees», asegurarse de que su país controlaría el canal, y

ayudar a América Latina a liberarse de todo lo que yo representaba

y que él denominaba el «capitalismo depredador».


s?bado, 24 de marzo de 2012

“Indignarse no basta.
Es necesario construir
un vínculo colectivo,
que puedes llamar movimiento,
partido o de cualquier otra forma”

“No basta con indignarse.
Es una respuesta demasiado simple.
Es necesario construir un sujeto político.
Naturalmente que hay que comprenderlo
bien,, estudiar cuál puede ser
o qué forma debe asumir,
entender de qué modo,, poco a poco,
esta exigencia se lleva a cabo.

PIETRO INGRAO

Pietro Ingrao. Nace el 30 de marzo de 1915 en Lenola. Desde 1936 participa en la
conspiración antifascista y activamente en la Resistencia. En 1947 asume la dirección
de "L´Unitá" (diario del Partido Comunista Italiano PCI) hasta 1957. Fue
diputado desde 1948 hasta 1992. En 1968 fue elegido presidente del grupo parlamentario
comunista. Entre 1976 y 1979 fue presidente de la Cámara de Diputados
de Italia. Dirigió el Centro de Estudios e Iniciativas para la Reforma del Estado
entre 1975 y 1992.


domingo, 07 de agosto de 2011

Estas son las imagenes que se esconden del Pais mas promocionado de Sudamerica, como un modelo a seguir.

 

 

  

 

El Opinante


viernes, 22 de abril de 2011

Camilo Valqui, Dr. en Ciencias Filosóficas, ex-profesor-investigador de la UNAM, Universidad autónoma del Estado de México (UAEM) y actualmente en la UniversidadAutónoma de Guerrero escribio en el Libro "Capitalismo del siglo XXI" la etapa actual del capitalismo.

"El siglo XXI patentiza la universalización del capital, identificada ideológicamente con la fenoménica globalización, que en esencia no es sino, la fase de imperialización capitalista: complejo proceso que pone en movimiento la dominación de pueblos y trabajadores del orbe por parte de los monopolios multi y trasnacionales, concentrando, articulando, desplegando y centralizando bajo mando imperialista, el poder económico, político, científico-tecnológico,militar, ideológico, mediático, educativo y cultural."

El gran capital esta jugando sus cartas decisivas y no pararán ante nada ejecutar sus planes. La guerra en Libia deberá ser entendedida bajo esta premisa, lo malo es que a menos de una decada de las mentiras para la invasión a Irak, apela al mismo argumento. Esta vez es para salvar "vida de civiles" y es aceptada por ahora por los ciudadanos de los agresores, por lo menos por ahora.

Bueno pero a la guerra en Irak, hubo protestas. En esta nueva agresión imperialista , ni eso.

 

Continua Valqui en su análisis del Capitalismo en el siglo XXI:

"Es la época del imperialismo trasnacional, caracterizada por la profunda enajenación mercantil de la naturaleza, de la vida, de los seres humanos, de sus actividades y de los productos de ellas derivados. El capital trasnacional ha impuesto a todos los trabajadores la venta de su propia humanidad para poder sobrevivir, porque sólo los reconoce como bestias de trabajo reducidas a las necesidades físicas más elementales. La miseria que los destruye, con mayora gresividad en los países recolonizados, prueba que aquella brota de la naturaleza misma del capital central y periférico."

"El capital, asimismo, es el poder de mando sobre el trabajo, la potencia económica, totalitaria, que lo domina todo en la sociedad mundial porque justamente toda descansa en el interés privado capitalista, el poder que funda a los demás poderes, sintetizados y consumados en la dominación que supone siempre a los dominados."

Por ahora los sistemas "democraticos" liberales en la mayoría de los paises capitalistas, aun son funcilonales y los partidos emergentes de las "elecciones libres" no le jaquean al sistema, pero cuando esto suceda. No dudarán en pasar a dictaduras lisa y llanamente. Por ahora por ejemplo que gane el Partido Popular en España o que (bien entre comillas) esté el  " Partido Socialista Obrero Español" es lo mismo.

Siguiendo con este analista:

"Son tiempos del imperialismo que ha creado violentos escenarios de barbarie para que la humanidad viva al borde del vacío y del abismo, sumida en una profunda crisis material y moral mundial. La economía de los países imperiales, particularmente la estadounidense, sufre el embate de su propio sistema: además del choque del petróleo y la crisis inmobiliaria, una crisis crediticia, desempleo agresivo, subida de los precios de las materias primas alimentarias, una crisis financiera y monetaria y ambiental, con un dólar a la deriva, EE.UU. vive su peor crisis desde 1929. El FMI estimaba en marzo de 2008, que el coste de la crisis ascendió a 945,000 millones de dólares, mientras los especuladores ganan fortunas. Asimismo ahora, en EE.UU. el 10% más rico de la población posee el 85% de la riqueza nacional, mientras el 90% de la población restante endeudada, nunca antes había dependido tanto de los ricos. Esta codicia infinita no sólo agrava la crisis económica sino que la desborda en todas las direcciones con catástrofes terminales sobre los excluidos estadounidenses y por ende sobre los del planeta."

Lo malo es que a mayor crisis los que tienen mas ganan mas, sacando provecho de esa situación. Y hasta aplican medidas contrarias, al aceptar la "ayuda financiera" del estado para salvar bancos. Alli se termina su ortodoxia. La famosa "mano invisible" es el dinero del Estado.

 

El opinante.


domingo, 09 de enero de 2011

En Paraguay este es paisaje que se ve en las fotos de abajo, lo que domina cada vez mas casi todo el este de la Region Oriental.

    

En el mapa de abajo se ve las zonas de mayor concentración de la soja:

El tema de análisis ni siquiera es la Soja, sino que el Impuesto Global que deja el IMAGRO en Paraguay apenas es 6 millones de dolares. O sea que llenamos todas esas zonas de veneno agro-toxicos por nada, para el beneficio de un pequeño grupo.

  

 

paraguay_soja_kinderFoto: Los niños, los más afectados por los agrotóxicos.
“A pesar de ser un pais de pequeña superficie, Paraguay se ha convertido en el cuarto exportador mundial de soja. Los monocultivos de soja transgénica Roundup Ready de Mosanto, destinados a la agroindustria de Europa y China, superan los dos millones y medio de hectáreas. Los monocultivos industriales requieren de fumigaciones intensivas con agrotóxicos que contaminan y causan enfermedades a la población rural, campesinos e indígenas".

 

 Los desplazados por la soja.

 

Con el tema de la carne, es aun peor porque afecta a todo el pais. Desde que empezó la exportación masiva, los precios subieron en un 300%.

 Articulo de lujo actual en el Paraguay.

 Los únicos que ganan con esto son el poderoso gremio de ganaderos muchos de ellos que hace poco entraron en este rubro luego de enriquecerse saqueando las arcas del estado. 

 Aquí anualmente exhibiendo en la Expo un progreso que en nada beneficia al común de la gente por la razón de qui ni siquiera impuestos pagan. Lo único que el pueblo sabe es que en el año 2007 pagaba por una costilla de primera 7 mil guaraníes y ahora paga 20 mil. Las carnazas de primera de 12 mil ahora paga 33 mil. La solución es poner freno a la exportación o por lo menos ponerle limites.

 

El Opinante.

 

 

 


s?bado, 25 de diciembre de 2010

En estos últimos meses vimos en la Argentina una orquestación de una campaña de desestabilización por parte de la extrema derecha y sus aliados naturales , la derecha peronista, cuya cabeza visible es el ex-presidente Duhalde.

Esta combinación no es nueva, se gesto alla por los años 1.973 con la asunción del Pte Campora y que finalmente terminaría desembocando en la feroz dictadura que empezó en el año 1.976, con el golpe militar que encabezo el Gra Videla.

La clase media que apoyo en principio esta dictadura por la lógica errónea de este sector social de buscar un orden y paz social, y sobre todo en que las mismas se pueden imponer por la fuerza. En nuestro país, en Paraguay en general no difieren mucho de este pensamiento. Este sector que es fácilmente manipulable por los medios masivos de comunicación, que como en todos nuestros países están en manos de monopolios y muy ligados a sectores empresariales poderosos.

Ahora en Argentina, al parecer estos sectores medios no aprendieron la lección y personajes como Macrí, que al frente de la ciudad de Buenos Aires, no demostró su "gran eficiencia" como administrador, busca en el tema de la seguridad y el orden, previa puesta en escena por los medios ( especialmente los ligados al grupo Clarín) quieren ganar votos para las próximas elecciones presidenciales. El caso de Duhalde es mucho peor, luego de asumir la presidencia a principios de esta decada, luego del derrumbe de De La Rua, inicio un discurso de promesas de represion y orden, sin miramientos. Lo grave del caso es que esto puede ser un plan de mucho mas arriba, en la que este metido el propio gobierno norteamericano.

 

Pte Fernando De La Rua, cuya caida fue muy bien aprovechada por Duhalde.

El grado de conciencia de los sectores mas postergados en la Argentina seguro presentaran batalla y justamente la creación de este blog es para alertar sobre estos peligros y dar por este medio un apoyo solidario a las batallas que se aproximan a corto plazo.

Así que Clase media Argentina, no esperen mas de falsos profetas que te prometen orden y paz. Cuando se desate la represión tarde o temprano te tocara a vos también. No le des mas votos a quienes robaron tu país desde las colonias. No les des mas tu votos a los mismos sectores empresariales que se beneficiaron con el blanqueo de sus deudas privadas al convertir en publicas antes de la entrega del poder a Alfonsín. No les des mas tus votos a quienes se enriquecieron con la paridad 1 peso = 1 dolar y en el 2001 licuaron sus deudas al terminar esa paridad cambiaria y que le creiste a Duhalde que te dijo, el que metió dolares retirara dolares.

 

Nefasto personaje. Duhalde.

 

Ni que decir las mujeres del Barrio Norte, con cacerolas de teflón, como dice la canción de Copani, en los momentos en que apoyaban a los sojeros, o al campo como decían, que es la misma cosa. Encima son incoherentes, los que ahora piden represión cueste lo que cueste para evitar las ocupaciones. Los ruralistas cerraron rutas 2 meses seguidos y no se tiro una sola bomba lacrimógena, pero ni una. 

 

     

Sin embargo al maestro Fuentealba solo un tiempo antes a esa protesta de los Ruralistas, por cerrar la ruta una hora, le matan por la espalda luego de abrirse el trafico, al dispararle los gendarmes a quemarropa una bomba lacrimógena en la cabeza.

 

El regreso de los brujos esta en tus manos CLASE MEDIA ARGENTINA detener que lo intenten, porque la reacción de los de abajo también te afectara a vos de ambos frentes.

 

El Opinante.

 

 

 

 

 


domingo, 19 de diciembre de 2010

El ingreso de Venezuela al Mercosur, depende exclusivamente de Paraguay, y por la torpeza de ciertos sectores no están dimensionando las consecuencias nefastas que nos acarrearan si se sigue con este circo, de evitar el ingreso de un Socio que sera beneficioso para la región.

Ponen en tela de juicio, asusados por la prensa reaccionaria y propagandística del Imperio, como lo son sin dudas ABC Color y Ñanduti, los otros medios no quedan atras pero los que encabezan esta cruzada anti-Chavez son los mencionados.

Salen con el re-manido tema de la supuesta falta de "Libertad de Prensa" en Venezuela. Lo que si hay que dejar bien en claro, es que medios televisivos como Radio Caracas y Globovisión, si en otros países, descaradamente difundieran imágenes falsas, como las que mostraron los días del golpe contra Chavez el día 11 de abril al 13 de abril del año 2002, serian pasibles de clausuras inmediatas. Y ese fue el error de Chavez, que en aras de un discurso, de no haber caza de brujas, como dijera en su entrada triunfal en la madrugada del 14 de abril del 2002. Se debió actuar contra esos medios inmediatamente. Ver archivos de la CNN, y su corresponsal, , en aquellas épocas este canal norteamericano era todavía creíble(actualmente no tanto), como denunciaron luego de consumado el golpe la falta de información de lo que ocurría en las calles. No mostraban nada de la resistencia del pueblo venezolano para defender sus conquistas. Todos los canales privados, mostraban telenovelas.

Proclama golpista el 11-abril-2002. Luego de consumado el golpe los días 12 y 13 telenovelas a full. 

Estas imágenes de la resistencia contra el golpe eran ya sujeto a censura patriotica por los canales "privados" de televisión.

 

Militares leales al pueblo y a la constitución retoman el palacio, y los autonombrados ministros huyen como ratas por la parte trasera del edificio. Los que fueron arrestados adentro fueron protegidos en su integridad fisica por los verdaderos ministros. Ver documental "La revolucion no sera transmitida" buscar en google.

Volviendo al tema del articulo, medios argentinos están analizando las posibles salidas en caso que la negativa de Paraguay o peor la indefinición sobre el tema se alargue demasiado.

El mensaje se lee claramente, Brasil y Argentina no dudaran en sacrificar a nuestro país, que les recuerdo a los que ahora se "preocupan" (bien entre comillas esa frase) por derechos humanos, libertad de prensa, que somos un país mediterráneo y las consecuencias serán nefastas. Lo peor de esto que lo que realmente buscan Los Liberales Franquistas es obtener cargos, la ANR directamente buscan vender sus votos y los oviedistas por la inutilidad de Lugo ya consiguieron los cargos de la Contraloría y en el tribunal electoral, sin siquiera aun votarse el tema. Estos últimos al día siguiente ya manifestaron que se oponen al ingreso de Venezuela. Y Patria Querida si se oponen, por ser unos reaccionarios y fascistas de raza.

Lo mas lamentable de esto es que a representantes del nuevo gobierno de Chile, por ejemplo Federico Franco se reúne con ex-ministros del interior de la era de la dictadura de Pinochet, que están libres por la impunidad que impero después de su caída en el año 1989. Tal es el caso de su reunión con Jovino Novoa de la UDI de Chile.

No solo le recibió a Novoa sino que Franco participo en un "foro democrático" organizado por otro fascistoide Enrique Riera, chanchos hablando de higiene.

Se le deja que Chile tenga la Constitución mas anti-democrática del continente, allí el presidente ni siquiera le puede cambiar a los mandos militares y policiales, se le pueden insubordinar como paso a diario en la década del 90, sobre todo y no pasa nada. Y no por eso si Chile quiere ser miembro pleno, se le debe excluir. 

 

"Desde la llegada de Hugo Chavez a la Presidencia, la inversión social se ha quintuplicado respecto a la realizada entre 1988 y 1998; decisión clave para que Venezuela haya alcanzado casi todas las Metas del Milenio fijadas por la ONU para 2015 (6). La pobreza bajó de un 49,4% en 1999 a un 30,2% en 2006, y la indigencia pasó del 21,7% al 7,2% (7)"

Estos esperanzadores resultados, ¿merecen realmente tanto odio? se pregunta Ignacio Ramonet del periódico Le Monde Diplomatique de Francia.

Y si le contestaría, la burguesía venezolana que uso los beneficios de la venta del petroleo para sus excesos, no le perdonaran jamas al pueblo de ese país que por voto popular le llevo al palacio miraflores justo en épocas en que el precio del barril estuvo por las nubes.